Una pausa en el eco de la memoria.

[Pausa] En el mundo del audio existe un abanico de efectos y procesadores de señal digital (DSP), que se emplean para dar color o forma tonal al sonido, es decir, instrumentos reales, virtuales, voces u otras fuentes de audio externas, todo en tiempo real. [Pausa] Cumplí once años y mi dormitorio de niña se transformó en algo parecido a una discoteca: de la pared colgaba un poster de la Bauhaus y en el estante de la biblioteca estaba el tocadiscos Dual. A los varones les gustaba encargarse de poner los discos, se hacían los DJ, aunque en ese 1977 el espectro era muy limitado dados los tiempos que vivíamos: el single con el hit de la canción cantada por una tal Jeanette “Por qué te vas” y los LP del momento: Village People y Abba. El improvisado baile se armó a falta de luces psicodélicas, con la luz apagada y la puerta de mi dormitorio abierta. Bailamos los lentos “tomando distancia”, igual que como nos había enseñado la maestra, estirando el brazo y midiendo. YMCA era el himno del momento, y esa energía la trasladaría a mi “selección musical” futura. Un camino que haría yo sola, el de la música, porque eso era cosa de “varones”. El “Por qué te vas” de Jeanette quedó en el pasado. Los hijos de la dictadura escuchábamos música en inglés, creídos de que la única música en español que existía era la cumbia de los bailes del Palacio Salvo, —qué música terraja — censurábamos, tan imberbes. En 1981 comencé a descubrir temas: de Queen “Another One Bites the Dust” y de B52 “Private Hidaho”. El último año del liceo me cambié al Zorrilla, por decisión propia porque en 1983 me di cuenta de que el ámbito del liceo privado me daba una visión sesgada de la realidad, y la rebeldía que yo tenía en contra de los “chetos” me exasperaba: siempre “de punta en blanco”, no prestaban ni una goma de borrar y por supuesto que todos vivían en Pocitos. Me sentía fuera de lugar, y fue una decisión que tomé sola, quería tener contacto con algo que sabía que existía y que se iba asomando poco a poco entre colores difusos. Así fue que frecuenté con otra gente: a principios de 1984 una de mis nuevas compañeras me preguntó: —¿Vas a ir a ver a Zitarrosa? —. Yo respondí que no, pero lo peor del asunto era que ignoraba quién era. Pero rápidamente ese mundo nuevo me cautivó, era mi lugar natural, bien lejos de los “chetos”. La facultad de Arquitectura terminó mi moldeado perfecto, siempre tuvo eso de “encantado, mágico y prohibido”, los “talleres” nos daban la excusa perfecta para pasar toda la noche de baile y rock. El misterio de la música en inglés quedó resuelto cuando por fin la abyecta dictadura acabó: siempre yo amante de la música “movida” quedé subyugada ante la versión rockera de “Cambalache”, era de una banda uruguaya que se llamaba “Los Estómagos”, incluso tocaron en la Facultad junto con la actuación de la murga “BCG”. Pero… “Riga” y “Soy Escorpión”, eran éxtasis puro,  también de una banda uruguaya llamada “Zero”. La utopía de la izquierda crecía en mi cabeza como el azúcar de algodón rosado que vendían en el Parque Rodó. En 1985 tomé contacto con otro grupo humano absolutamente distinto de todo: es que yo era judía. Mi familia era judía progresista, jamás creí ni creo en dios alguno y mis abuelos fueron comunistas. —¿No vas a ningún lugar de la cole? —Preguntaban azorados. Y no. No iba. No lo necesitaba. —Sos más goi que el agujero del mate —dijeron. Yo era un ser “orgullosamente de izquierda”, rebelde sobre todo con la juventud que no tenía idea de qué era la dictadura y “la cole” ni me iba ni me venía. Pero quizá por aquello de “juntarse con los pares” que todo individuo lleva dentro, un día cedí. El grupo parecía vivir dentro de un micro mundo: —¿Cuál es tu apellido? —¿Qué hacen tus padres? —Esas preguntas me irritaban sobremanera. Yo me vestía de hippie, y me miraban “raro”. En ese micro mundo no existía “el hombre nuevo”. Cuando se aprobó la Ley de Caducidad por el gobierno colorado, no lo pude soportar. Pero éramos muchos los indignados, y en la Facultad empezamos a juntar firmas para poder plebiscitarla. Corría el año de 1987 cuando una tarde mis amigas “del micro mundo” dijeron todas alborotadas que había un grupo “nuevo” con chicos más grandes. Así fue como un sábado de mayo llegamos al lugar más esplendoroso de la colectividad: el templo de la calle Buenos Aires, vestido de gala, había una fiesta y  mucha gente. Era un gran baile, con música “en vivo”. Alguien cantaba. Una voz de barítono, seductora, él tan bien parecido… Pero era “muy grande”, yo tenía veinte años. Ese día hice otro descubrimiento: no me interesaba casarme per.se, quería mi cuento de hadas con alguien distinto: “sí o sí” tenía que cantar, amar la música… y ahí estaba. Él era “I like Chopin” de Gazebo y “Rock me Amadeus” de Falco, la piza al tacho de Tazende, un altillo en una casa del Cordón, una película en el cine Trocadero cuyo nombre olvidé, un pool en un tugurio ochentoso. ¿Se fijaría en mi? Ya era un hombre y yo una estudiante de arquitectura. Además yo era “bolche” y me vestía de hippie. Sin embargo, y por esas extrañas casualidades de la vida, se fijó. Él dice que fueron mis ojos. Que mi mirada lo acompañó durante treinta y un años, ambos sentados en el piano, él cantando y yo tocando. Así estuve, en el eco de su memoria, en pausa. Y luego, vino a mí. [Pausa] En el mundo del audio existe un abanico de efectos y procesadores de señal digital (DSP), que se emplean para dar color o forma tonal al sonido, es decir, instrumentos reales, virtuales, voces u otras fuentes de audio externas, todo en tiempo real. [Pausa] Y la pausa terminó.

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