Nunca había llovido tanto un enero.

Nunca había llovido tanto un enero. Es que ya no existen ni los veranos ni los inviernos. Dicen los que saben que es cosa del cambio climático, del agujero en la capa de ozono. Se acabaron las organizaciones de los armarios para subir y bajar las ropas de invierno y verano. No se sabe si amanecerá frío o caluroso. No se sabe si hay que abrigarse o si la humedad ahogará. No se sabe cuándo dejará de llover. Las fotos de cielos grises en la costa oceánica invaden las redes sociales bajo la leyenda: —Y el verano dónde está. — El verano se fue, la piel lisa y lozana sólo queda en la memoria, las líneas de expresión se dibujan cada vez más nítidas, cada quince días hay que “hacerse la tinta” porque el cabello está blanco, similar al color natural del pelo que está guardado en la memoria. El verano se fue como se fueron los óvulos, como la niñez de los hijos que ya son hombres y mujeres hechos y derechos, como se fueron los padres que cuidan, ahora hay que cuidar padres como si fueran niños. Me cruzo por la rambla con una señora vestida de calzas verdes fluorescentes justas, pelo platinado y largo hasta la cintura y labios pintados de colorado que no acepta las canas, las arrugas ni la edad. Me resulta penoso ver a las “vetependex” encerradas en la obsesión de la juventud eterna. No falta tampoco algún “señor mayor” con short y torso descubierto aunque ya no tiene músculos para mostrar, con el cabello teñido de un beige/amarillito “trillando” a las jóvenes deportistas, deleitándose al ver los músculos en su lugar, ignorando que “no saldrá en la foto”. El joven pregunta: —¿Qué significa trillar? —y el viejo cae en la cuenta de que ya se terminó la década del ochenta; no hay rambla con chicas a las que piropear para llevar al Parque Rodó el jueves a la noche en el auto de “pá”, o el domingo al Valle Miñor, ya no está el jopo  tupido para sacudir al costado, está la pelada o quizá, algún cabello perdido. El caballero recién divorciado se pregunta cómo hacer para “levantar algo” y el hijo de veinte le dice que se inscriba en Tinder. Ya no es necesario el “trabajo de campo” para obtener una cita, adentro del celular está todo incluido. Ya no hay caballeros porque temen a las hordas de las barrabravas “feministas” que los condenarían al cadalso si abrieran la puerta para dejarlas pasar —las damas primero —. Ya no hay femenino ni masculino en sustantivos ni artículos. Nunca había llovido tanto un enero. Nunca habría imaginado que “el futuro” sería así. Me quedo con mi memoria.

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